Las horas muertas
Cada mañana, de camino al trabajo atravieso deprisa un descampado repleto de cascotes, pedruscos, fragmentos de botellas, latas; también orines y excrementos de perro. Un asco, pienso después, mientras trabajo elaborando listas insensatas, siguiendo instrucciones contradictorias.
Cada tarde, de regreso a casa, lo cruzo de nuevo con más calma y redescubro en él hierbajos y plantas. Vale, las matas crecen en desorden y están requemadas por el sol, pero al menos huelen, y entre diminutas flores amarillas zumban insectos. Además, este solar falto de toda regulación debe ser lo único del barrio que se libra aún de tanta normativa absurda.
Albert Rossell

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada